Aquella primera cita


         Por Francis de la Cruz.

No dejaba de imaginar la sonrisa de la foto que me motivó a conocerlo, y esa llamada improvista que cambió mis planes aquella tarde. 
De camino a nuestro encuentro, todo a mi paso parecía nuevo, aunque había transitado miles de veces por esa avenida. 
El tiempo era eterno, la gente parecía torpe, mientras tanto yo sin darme cuenta me ponía a ensayar un saludo, y las primeras palabras que le diría en persona. 
Por fin el metro se detiene en la estación de mi cita. Con cada paso hacia la salida, sentía unos nervios ridículos, que me hicieron creer que iba a cantar en un gran estadio. Sí lo sé, una locura.
Escalón tras escalón mis latidos iban incrementando, y como una forma de esconder mi alma, me puse las gafas de sol, aunque casi no había, no me importo.  
Al fin llegue a la cima, y cuando me disponía a comunicarle mi llegada, me encontré con su mirada como una escena repetida de una novela cualquiera. Sus manos tocaron las mías, sentí un recorrido de una especie de adrenalina fusionada al miedo. No pensé en nada mas, solo que era mejor de lo que me esperaba. 
Me saludo como si me conocía de toda la vida, y su beso en el cachete fue una especie de premonición para saber que sería una grata velada. 
Caminamos un rato, me pregunto cómo estaba, si me había perdido, cosas banales pero que luego toman un sentido. Yo trate de hablar con naturalidad, pero sentí que me sumergía en un tipo de mundo paralelo. 
Por fin nos sentamos, y aunque parezca raro, permití que él fuera el centro de atención, actuando con mucha timidez y discreción. Cuando me pregunto qué quería tomar, le dije que lo mismo que él, sonrió, y descubrí algo más que me gustaba. 
Entre trago y trago, comenzamos a comportarnos como si nos pertenecíamos, como si conocíamos nuestros pensamientos, y podíamos descifrar con gestos y sonrisas lo que el otro deseaba. Yo le seque el sudor de una forma tan íntima que parecíamos novios, él me tocó la rodilla y un escalofrío recorrió mi cuerpo. 
De fondo a nuestro "mágico momento" siempre sonaban canciones, las cuales yo ignoraba para no perder ni un detalle de lo que él me decía. Pero hubo una que nos tocó, una que sonó en un momento que decidimos pararnos para tomar nuevas posturas. No sé cómo paso, pero en un abrir y cerrar de ojos, sentí sus manos en mi cintura, mientras sus pies se movían al ritmo de la música. Yo le seguí y tome la iniciativa más arriesgada de la noche, pose mis labios sobre los suyos, pero de inmediato me arrepentí, me pasaron un millón de sermones por la cabeza, y sentí que hacia algo malo. 
Gracias a Dios, mi atrevimiento detonó al máximo su lado juguetón, y me beso. Me beso de tal manera que sentí que estábamos solos y el mundo era solo una estrella a lo lejos. Sentí sus manos deslizarse de mis hombros a mi espalda, y como un impulso natural, sujetarme a su cuerpo. 
Nos convertimos en baile, noche, vino y besos. Era como que su boca conocía de antes la mía, fue como que nacimos para vivir aquel momento.

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